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Recuerdo sentimental de los alfares de Lastras de Cuéllar

La alfarería dio marchamo de singularidad a Lastras de Cuéllar.  Además de labradores, pastores y resineros, además de cura, sacristán, médico, practicante, boticario, veterinario, maestros y maestras, guardias civiles, guardas forestales, albardero, sastre, tejedor, cordelero, modistas, zapatero remendón, barberos,  peluqueras, hojalateros, albañiles, taberneros, tenderos de ultramarinos, panaderos, carniceros, pescaderos, telefonistas, además de la fábrica de gaseosa, de las dos fábricas de resina y del tostadero de achicoria, como tenían todos o casi todos los pueblos del contorno, Lastras contaba con un puñado de alfareros cuando yo era niño. Alfareros y tejeros. Dos profesiones complementarias pues las dos utilizan el barro como materia prima. De hecho, a los alfares les llamábamos tejeras y a los alfareros cacharreros.

Circulaba una leyenda sobre los orígenes de Lastras que tenía a los alfareros como protagonistas. La peste llegó a San Esteban y a Santa María de Salcedón, pueblos cercanos  desaparecidos; la peste, es decir, el cólera, se propaga por el agua, y los vecinos de estos dos pueblos, huyendo de aquellos pantanales donde se asentaban,  se fueron a vivir a La Lastra cercana, situada en una leve loma y por lo tanto muy bien venteada; en esa loma se habían asentado originariamente los alfareros, porque en uno de sus extremos estaban los barreros de donde extraían la materia prima para su trabajo. Por eso la iglesia de Lastras es del siglo XVII, tan tardía (1). Hasta 1970 aproximadamente estuvieron en pie las ruinas de la iglesia de San Esteban, posiblemente de planta románica. Y románica es la talla de la virgen de Salcedón, que se venera en su ermita, cerca de donde estuvo situado el pueblo de Santa María.

Ver tornear una pieza resulta fascinante. También resultaba entretenido  contemplar el trabajo de los tejeros y ladrilleros en las largas tardes de primavera y verano. Los niños desocupados nos dejábamos caer  por Los Barreros, unas lagunas que se habían ido haciendo porque los alfareros, a lo largo de generaciones, las habían ahondado  para extraer su materia prima. Allí croaban las ranas que tratábamos de pescar.  Sabíamos también que estaban repletas de tencas, amantes del cieno, y que sólo veíamos cuando los pescadores que tenían la concesión municipal, tras pescarlas con sus grandes trasmallos, las cargaban en sacos. Muchos años más tarde, al leer el Romance de la casada infiel de García Lorca: “sus muslos se me escapaban/ como peces sorprendidos”, me acordaría de las tencas de los barreros.  Cuando nos cansábamos de cazar ranas, nos íbamos a los alfares cercanos donde casi siempre encontrábamos  a los cacharreros torneando. Qué festín para los ojos de un niño aquel mundo de sensaciones mágicas y primarias. Por un lado, los montones de barro puestos a secar a la puerta de los tejares  para que perdiera su bravío; por otro, las pilas de decantación donde el barro, una vez molido y eliminadas las granzas, se iba adelgazando para hacerse materia maleable; en el interior, casi siempre en penumbra, los maestros alfareros daban vueltas a la rueda para hacer pucheros, botijos, botijas, lecherillas, cántaros, jarras, medias cántaras, platos, canecos. En los secaderos, alineados en tablas, se oreaban las piezas torneadas los días anteriores.

Moisés “Cachacantos”, Doroteo “Zamaca”, el tío “Pichito”, el tío Macario, el tío Valeriano Rubio y su hijo Julián, eran algunos de los alfareros que recuerdo; el señor Serafín con sus hijos y, más tarde, Los Moscos, que introdujeron una galletera para tejas y ladrillos macizos, entre los tejeros. Luego Carlos el Mosco y la Valentina, hija del señor Serafín, se casaron y siguieron con el oficio hasta su jubilación. Para entonces las fábricas ladrilleras se habían industrializado, pero habían perdido la personalidad ancestral que tenían los ladrillos macizos de Carlos y Valentina. Con qué orgullo chocaba Carlos dos de aquellos ladrillos macizos para demostrar su buena cochura; luego decía: suenan mejor que una campana.

Cacharreros y tejeros hacían unas jornadas  extenuantes, pero siempre nos recibían con cariño, nos gastaban bromas y, a veces, nos hacían pequeñas perrerías. Una de las bromas más recurrentes de los cacharreros consistía en dar palmas con las manos llenas de barro antes de retirar el cacharro del rodal, de manera que nuestra ropa quedaba salpicaba.  Luego, cuando llegábamos a casa, la familia adivinaba que, una vez más, pese a las advertencias, habíamos estado en las tejeras.

Íbamos por allí porque nos quedábamos letos observando cómo salían piezas perfectas  de aquellas manos embarradas. Frágiles y perfectas. Era como asistir a un milagro. Ya sé que leto no circula demasiado fuera de mi provincia. Podría decir que nos quedábamos absortos o aletargados pero hay que ser fieles a las palabras esenciales que uno aprendió de niño.

De todos aquellos alfareros de Lastras con el que más trato tuvimos fue con el tío Pichito. Al principio no acababa de creerse que nosotros, Claudia y yo, con nuestros estudios, nos fuéramos a dedicar a trabajar en un oficio anacrónico que ya había sido arrasado por los avances tecnológicos. Le parecía un disparate. Pero nos visitaba con frecuencia y nos daba consejos útiles, tanto en el alfar como en la boca del horno. Nos decía, por ejemplo, que las piezas tenían que ser todas iguales, con las mismas hechuras y tamaños para no hacernos un lío a la hora de asignar precios.  Indirectamente nos estaba diciendo que teníamos que ser disciplinados y atenernos a una tipología, que cada pieza debía tener, un grado de inclinación en la panza, una altura, una boca con un borde determinado, un asa que diera el toque definitivo. El asa, decía, realza la pieza y la equilibra. Una vez hizo delante de nosotros una demostración práctica para saber donde había que hacer el rebosadero de una media cántara. Tras medir ocho litros de agua y echarlos en un cántaro cocido, los volcó luego en una media cántara cruda con mucha rapidez. El barro crudo aguanta el agua algún minuto. Por eso, casi de inmediato, con precisión, derramó el agua en el suelo.  Donde había llegado la marca del agua en la pared  se debía marcar el rebosadero, es decir, el agujero que indicaba la medida precisa de la media cántara.

Con frecuencia, el tío Pichito se arrancaba a cantar:

El pulido cantarero,

cantando cántaros hace,

cantando gana dinero.

Y tiene una cantarilla

toda llena de cantares

que cuando quiere cantar,

tira de la cuerda y sale.

Creo que también era suyo este pregón jocoso:

A la canca, a la canca,

bacín colorao,

¿quién por dos reales

no caga sentado?

¡Vendo orinales!

Acaso lo dijeran cuando salían a vender su mercancía a los pueblos. Para no hacerse la competencia se habían asignado cada uno algunos de los pueblos de alrededor que respetaban los demás. Entre todos, siguiendo la picaresca ancestral española, sacaban una sola licencia para la venta. No debía ser nominal porque la usaban indistintamente.

El manejo del horno era más problemático. Nos lo habían construido con ladrillo macizo de Carlos “El Mosco”, mi primo Juan Pablo “El Furri” y el propio Carlos durante un fin de semana lleno de sobresaltos. El tío Pichito padecía de asma y le costaba bajar hasta el gallinero, situado a unos cuatrocientos metros del pueblo, pero no quiso perderse ninguna de las cochuras, sobre todo al principio. Atempérate, me decía;  has de ir poco a poco, empieza con un saco de roña para que se vaya caldeando la atmósfera y luego, bieldada a bieldada, vete echando el barrujo. Pero poco a poco. Después puedes menudear más las bieldadas.  Y cuando veas que la llama, tras comerse el hollín, sale por la boca del horno y cambia del  amarillo al amarillo pálido y del amarillo pálido al albo, después de unas cuantas horas de meter candela, entonces la cochura habrá llegado a su culmen.

Para proteger las piernas del calor me ponía dos pantalones. El alfarero tiene  algo de taumaturgo cuando atiza el horno. Tenía que observar  las llamas, siguiendo los consejos del tío Pichito, y adivinar por el color el grado de calor. El arte de quemar cacharros no acaba de dominarse nunca. Por ello los viejos alfareros, al acabar la cochura, invocaban a Santa Polonia rezando:

“Santa Polonia bendita,

si está de menos, lo pones,

si está de más, se lo quitas.”

Qué difícil, pese al cansancio, conciliar el sueño después de cocer. A la mañana siguiente, comidos por los nervios, bajábamos Claudia y yo al pie del horno. El calor era inhumano todavía, pero con unos guantes retirábamos tres o cuatro filas de ladrillos de la boca para que se fuera enfriando con más rapidez. Así podíamos ver qué nos deparaba la primera ojeada. A veces las piezas salían con extrañas coloraciones verdes que las hacían más atractivas. Luego echábamos unas patatas a asar en la caldera, entre las brasas; comidas con sal sabían a gloria.

Rafa y José, los hermanos “Perreros”, nos traían un remolque del tractor cargado de barrujo que, prácticamente, gastábamos en cada hornada. Supongo que los viejos alfareros aprovecharían cualquier salida al pinar para allegar pequeñas cargas. O emplearían los días de invierno crudo en los que no se podía tornear porque los hielos nocturnos cuarteaban las piezas. Necesitarían echar tres o cuatro viajes para poder hacer una hornada.

El gallinero nos servía de almacén del barro que traíamos desde La Bisbal, en Gerona. Solía pedir siete u ocho toneladas en barras de 25 kilos. Una vez que llegó el camión con retraso, ya  en plena noche; mi tío Emiliano que siempre que pudo me echó una mano para descargar, avisó a sus amigos, jubilados todos, para acelerar la descarga. Jesús Pataquilla, Máximo Peguero,  Leo Herrero, Tomás el Silletero, Pepe Calistro, Felicísimo Pelayo, Ladis Colorao, Berna Perniles, el tío Emiliano y yo.  Espero que la memoria no me haya traicionado con alguno. Que me disculpe. Un equipo de ángeles animosos cada cual con su apodo. Aquella noche hicieron una faena impagable. Pero en Lastras las faenas impagables siempre  se rematan en la bodega, frente a unas chuletas a la brasa y una jarra de vino que corre de mano en mano mientras se cuentan historias, chanzas y chascarrillos. La gente lee poco, pero son consumados practicantes de literatura oral.  Además, para que tuvieran un recuerdo perdurable, les hice una jarra con el nombre de cada uno escrito en la panza.

Si hubiera tenido buen oído musical, al llegar a Madrid me habría dedicado a aprender a tocar algún instrumento musical. Acaso la dulzaina. Tengo el oído atrofiado para la música y quizá por eso llegué a la alfarería, para tratar de que siguiera brillando el fulgor de aquellas tardes en las que quedé deslumbrado en las viejas tejeras de Lastras, desplomadas ahora por la incuria del tiempo.

Ignacio Sanz.

 

 

(1) La primera documentación que encontramos sobre la iglesia es del año 1446 y habla del mal estado de la misma por lo que es muy probable que la construcción original sea del siglo XIV o incluso XIII.


El papel de los alfareros en la historia de Lastras

Historia y leyenda

La leyenda sobre el origen  de Lastras ya habla de como los tejedores y cacharreros de San Esteban y El Escobar acudian a trabajar a la zona de los barreros que es donde tenían las tejeras. ( Aula de cultura, Asociacion de mujeres, historia de Lastras ) “San Esteban y el Escobar estaban en prados, eran muy húmedos y como sus vecinos tenían muchas fiebres y enfermedades, pensaron en trasladarse a lo que hoy es Lastras que como estan en un cotarro, creían que sería mas sano.”

Como en tantas ocasiones la leyenda y la historia se mezclan pero parece muy probable que la situación geográfica de este terreno, en una zona elevada alejada de humedales y con aires sanos  favorecieran el  establecimiento de una pequeña población de artesanos y agricultores que se conocería con el nombre de la Lastra.

Por el contrario San Esteban y Sacedón rodeadas de humedales y por consiguiente mucho mas predispuestas a epidemias de peste y cólera fueron perdiendo población por este y otros motivos hasta su total desaparición.

Algunos estudios como el Diccionario Geográfico y Estadístico de España y Portugal de Sebastián Miñano y Bedoya en 1826 y 1829 ya nos hablan del  origen de estos primeros pobladores que se establecen  en la Lastra  “industria de alfarería establecida por unos navarros que descubrieron los materiales y fundaron las tejeras y hornos para cal.” 

Ordenanzas de la Villa y Tierra de Cuéllar 1546

Una de la referencias históricas mas importantes que tenemos sobre la actividad económica en particular e histórica en general en los poblamientos medievales de La Lastra y San Esteban  son las que nos proporcionan las Ordenanzas de la Villa y Tierra de 1546, uno de cuyos pocos ejemplares conservados se encuentra en el archivo municipal de Lastras.

La ley 139 de la Ordenanzas hace referencia a la forma en que debían fabricar y vender las tejas y los ladrillos dentro de la Comunidad. El Concejo de Cuéllar pretendía con ello regular minuciosamente la actividad de los tejeros y de todas las personas dedicadas a hacer tejas y ladrillos en la Villa y Tierra.

Gracias a este documento podemos llegar a la conclusión de que la Lastra era un importante productor de teja y ladrillo en el siglo XVI siendo el principal productor de toda la Comunidad de Villa y Tierra llegando a exportar parte de su producción fuera de la Comunidad.

 

Siglo XIX y XX

Las obras de los enciclopedistas Miñano y Bedoya Pascual Madoz y de Paula Mellado nos siguen confirmando   la presencia de una industria alfarera de pequeña entidad en nuestra localidad.

La consolidación en el tiempo de esta pequeña industria tiene su apogeo a mediados del siglo XX con la presencia de media docena de familias dedicadas a la alfarería y la construcción de tejas y ladrillos.

La producción industrial y la importación de productos  de oriente acaban con esta singular industria que por tantos siglos pervivió en nuestra localidad.

 

torno en lastras de cuellar

tejeras en lastras de cuellar ollaCantaro de agua

 

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