Hay lugares de nuestro término municipal que guardan historias que merecen ser recuperadas. Uno de ellos es el entorno del Molino del Ladrón, junto al río Cega, dentro del monte conocido como Común Grande de las Pegueras.
Hoy, cerca de este lugar, todavía podemos encontrar una roca con una inscripción que, aunque castigada por el paso del tiempo, recuerda a un hombre cuya labor fue decisiva para el paisaje que conocemos: Miguel de la Torre e Ibarra, ingeniero de Montes y responsable de una profunda transformación de los pinares de la Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar.
Aquella piedra no es solo un recuerdo. Es el testimonio de una época en la que el monte era la principal fuente de riqueza de nuestros pueblos y en la que la gestión forestal comenzó a sentar las bases del paisaje que hoy forma parte de la identidad de Lastras de Cuéllar.
Una inscripción para recordar una gran labor
La historia de esta inscripción comienza en el año 1940, cuando la Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar decidió rendir homenaje a Miguel de la Torre e Ibarra por la labor desarrollada durante más de veinte años al frente de sus montes.
El acto tuvo lugar el 12 de noviembre de 1940 en el Molino del Ladrón, un paraje cercano a Lastras de Cuéllar situado dentro del monte Común Grande de las Pegueras. Allí se reunieron autoridades provinciales, representantes de los pueblos comunales, ingenieros forestales, resineros y vecinos de toda la comarca para descubrir una lápida tallada sobre la roca.
La inscripción decía:
«Al ingeniero de Montes Miguel de la Torre Ibarra, la Comunidad de Cuéllar, 1940».
La jornada reunió a numerosas representaciones de los pueblos propietarios de la Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar. También estuvieron presentes los trabajadores del monte, especialmente los resineros, que fueron una pieza fundamental en la economía de la comarca durante décadas.
La presencia de unos doscientos resineros con sus herramientas de trabajo, acompañando el recorrido desde la casa forestal hasta el lugar del homenaje, reflejaba la importancia que tenía el pinar en la vida diaria de nuestros pueblos.
También participaron los escolares de Lastras de Cuéllar y numerosos vecinos de localidades cercanas, convirtiendo aquel acto en un reconocimiento colectivo a quien había contribuido a mejorar uno de los principales recursos de la comarca.
“Sobre dunas de terrenos arenosos se levanta hoy una gran masa de árboles”
El motivo del homenaje era la profunda transformación que habían experimentado los montes bajo la dirección técnica de Miguel de la Torre e Ibarra.
Durante el acto se destacó una realidad que todavía hoy podemos contemplar:
«En veinte años de perseverante labor, el ilustre ingeniero de Montes, D. Miguel de la Torre Ibarra, como director técnico de los montes de la Comunidad de Cuéllar (Segovia), ha mejorado considerablemente su riqueza forestal, aumentando los ingresos comunales. Sobre dunas de terrenos arenosos se levanta hoy, gracias a su esfuerzo, una gran masa de millares y millares de árboles».
Estas palabras resumen una de las grandes dificultades a las que tuvo que enfrentarse: transformar terrenos arenosos y degradados en masas forestales productivas.
El trabajo realizado permitió consolidar nuevos pinares y mejorar los aprovechamientos del monte. Según se destacó en aquel homenaje, la gestión desarrollada consiguió incrementar de forma muy significativa el número de pinos destinados a resinación, aumentando con ello los ingresos de la Comunidad.
Un ingeniero ligado a la historia forestal de Lastras
Miguel de la Torre e Ibarra nació en una familia vinculada al mundo de la ingeniería forestal. Era descendiente directo de Juan Bautista de la Torre Pando y Rodríguez del Toro, Conde de Torrepando, una de las figuras destacadas de los primeros años de la Ingeniería de Montes en España.
Formó parte de la generación de ingenieros formados en la histórica Escuela Especial de Ingenieros de Montes, finalizando sus estudios en 1916. Su preparación coincidió con una época en la que España comenzaba a dar una importancia creciente a la conservación y ordenación científica de los montes.
Tras su paso por la campaña de África, donde fue reconocido por sus méritos con la Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo, ingresó en el Cuerpo de Ingenieros de Montes en 1920.
Ese mismo periodo marcó el inicio de su vinculación con Segovia y con la gestión de los montes de la Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar, especialmente con el Común Grande de las Pegueras, cuya dirección técnica asumió durante dos décadas.
Su trabajo representó una nueva forma de entender el monte: no solo como un espacio del que obtener recursos, sino como un patrimonio que debía ser cuidado y planificado para garantizar su futuro.
La ciencia forestal al servicio del monte
La labor de Miguel de la Torre e Ibarra no consistió únicamente en plantar árboles. Su trabajo se basó en aplicar criterios técnicos para conseguir que el pinar pudiera mantenerse y generar riqueza durante generaciones.
Entre sus principales actuaciones estuvieron:
- La mejora de la gestión de los montes resineros, organizando los aprovechamientos para hacer compatible la producción de resina con la conservación del arbolado.
- La recuperación de terrenos arenosos mediante repoblaciones y técnicas forestales que permitieron fijar los suelos.
- La regulación de los usos del monte, especialmente el pastoreo, para proteger las zonas jóvenes de repoblación.
Gracias a estas actuaciones, los pinares de la Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar se consolidaron como una de las grandes masas resineras de Castilla.
La resina: el motor económico de una comarca
Para Lastras de Cuéllar, el monte siempre ha sido mucho más que un paisaje.
Durante buena parte del siglo XX, la resina fue uno de los principales motores económicos del pueblo. El llamado “oro líquido” proporcionó trabajo a numerosas familias y marcó la vida de varias generaciones.
Resineros, guardas forestales, leñadores y otros trabajadores vinculados al monte encontraron en los pinares una forma de vida. La riqueza forestal generada también permitió aumentar los ingresos comunales y disponer de más recursos para los pueblos propietarios.
El paisaje que hoy disfrutamos es, por tanto, el resultado de una combinación de naturaleza y trabajo humano.
Un legado que sigue vivo
Miguel de la Torre e Ibarra continuó su carrera profesional después de su etapa segoviana y falleció en Madrid el 17 de enero de 1954, pero su huella quedó ligada para siempre a nuestros montes.
Más de ochenta años después de aquel homenaje, la roca del Molino del Ladrón sigue recordando su nombre. Puede que la inscripción esté desgastada por el tiempo, pero el verdadero monumento permanece alrededor: son los pinares, los caminos forestales y los montes que siguen formando parte de la vida de Lastras de Cuéllar.
Cada vez que recorremos nuestros pinares, caminamos junto al Cega o nos adentramos en el Común Grande de las Pegueras, estamos disfrutando del resultado de una historia de esfuerzo, conocimiento y compromiso con el territorio.
Porque los montes de Lastras no son solamente naturaleza. Son también memoria. Son la historia de quienes trabajaron para conservarlos y de quienes entendieron que proteger el bosque era asegurar el futuro del pueblo.



