La “Guerra de los Pastos” de 1642: El día en que Lastras obligó a Hontalbilla a devolver las ovejas (y con multa del Rey)

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Hay cosas que no cambian con los siglos. Si hoy en día un vecino te mueve la linde del huerto diez centímetros, ya tenemos drama asegurado para todo el verano en la plaza del pueblo. Pues imagínense la que se debió montar en enero de 1642 cuando los vecinos de Hontalbilla (a los que los pomposos papeles reales de la época llamaban Fontalbilla o Fuentalbilla) decidieron de forma unilateral que los pastores de Lastras no entraban más en sus terrenos comunales. Y no se quedaron cortos: las autoridades del pueblo vecino salieron al campo y les requisaron por las bravas las ovejas y las vacas a los nuestros.

Aquel «secuestro» de ganado no fue una simple riña de taberna de las que se olvidan con unas jarras de vino; fue el inicio de un monumental culebrón judicial que duró más de seis años y que obligó a nuestros antepasados a plantarse ante la mismísima Real Chancillería de Valladolid, el tribunal supremo de apelación de la época.

Hoy, gracias a que el expediente completo de aquella trifulca ha sobrevivido milagrosamente al paso del tiempo (conservado en la Caja 2758, legajo 10 del Archivo de Ejecutorias), podemos descorchar la historia con pelos y señales, nombres de los implicados, parajes en disputa y frases literales que demuestran que con la gente de Lastras, cuando se trata de defender el pan de sus hijos, no se juega.

1. El «asalto» en el pinar: «A ojos de ellos les quitaron las prendas»

Para ponernos en situación: en el siglo XVII, el derecho a que tu ganado comiera hierba y bebiera agua donde siempre lo había hecho era vital. No era un capricho veraniego; era lo que permitía pagar los diezmos a la Iglesia, los impuestos a la Villa, vestir a la familia y sobrevivir a los crudos inviernos segovianos. Así que cuando los de Hontalbilla se pusieron farrucos en la linde, Lastras reaccionó a la velocidad del rayo.

El 21 de enero de 1642, harto de ver cómo volaban las cabezas de ganado de sus vecinos, Antonio Martín, regidor del lugar de La Lastra, se vistió con sus mejores galas, agarró el caballo y se plantó en Cuéllar ante el Alcalde Mayor para interponer una denuncia de las que hacen época.

En el texto original del legajo, que luce una enrevesada caligrafía procesal de esas que obligan a usar lupa y mucha paciencia, Antonio Martín se quejaba con amargura del boicot que sufrían nuestros pastores en la linde norte:

«…se les estorbaba el pastar con sus ganados en el ejido del dicho lugar de Fontalbilla, siendo costumbre inmemorial de ser pasto común…»

Y aquí viene el agravio indignante que encendió definitivamente la mecha del pleito:

«…y sin embargo de lo susodicho, y a ojos de ellos, por parte del dicho lugar de Fontalbilla les habían sacado y quitado prendas por haber pasado y pasteado sus ganados por el dicho ejido, sin orden del dicho alcalde mayor ni sin causa bastante…»

Traducido al cristiano corriente: los de Hontalbilla se estaban tomando la justicia por su mano y, delante de las mismísimas narices de los pastores de Lastras («a ojos de ellos»), se llevaban los animales retenidos como «prendas» (que era como llamaban entonces a las fianzas, multas o embargos ilegales de ganado). Los lastreños lo tenían claro: aquello era un atropello contra un derecho histórico que poseían «desde tiempo inmemorial». Los de Hontalbilla, por su parte, respondieron con un torrente de alegaciones diciendo que de pasto común nada, que el pinar, las hierbas y las aguas eran de su exclusiva jurisdicción y que los de Lastras aire.

2. Un juicio de seis años: Abogados, escribanos y un dineral en papel

La cosa se puso tan de punta que el Alcalde Mayor de la Villa y Tierra de Cuéllar de aquel año, Don Pedro Enríquez, se vio completamente desbordado por el choque institucional y vecinal entre ambos pueblos. El caso empezó a acumular folios y folios de declaraciones de testigos (ancianos de la comarca jurando por Dios que «yo siempre vi allí a los bueyes y ovejas de Lastras»), mediciones de linderos a pie de campo y recursos cruzados.

El conflicto pasó después a manos de un nuevo Alcalde Mayor en Cuéllar, Don Rodrigo de Herrera, pero ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo y las constantes apelaciones, el caso tuvo que mudar sus bártulos mucho más al norte, a la Real Chancillería de Valladolid, el tribunal de apelación más importante para el norte del reino.

Si buceamos en las tripas del expediente, descubrimos cómo funcionaba la costosa maquinaria legal de la época. Lastras e Hontalbilla no iban a ciegas al tribunal; tuvieron que rascarse los bolsillos comunales para contratar a procuradores de causas (los abogados especializados de la época) para que se batieran el cobre defendiendo sus argumentos.

  • Lastras confió su defensa y su dinero al procurador Manuel García.
  • Hontalbilla puso sus intereses en manos del procurador Francisco de Soria.

El papeleo resultante fue sencillamente colosal. De hecho, el propio documento final nos revela un detalle que da fe de la magnitud de la disputa: el juicio ocupó nada menos que «noventa y seis hojas» de papel timbrado escritas por ambas caras. Cada notificación, cada queja, cada prueba testifical y cada copia de la sentencia tenía que ser redactada a mano alzada por escribanos reales de la Audiencia como Matheo Gonçales de Rocas, quien estampa su elaborada firma al final del manuscrito orgulloso de su caligrafía. Imagínense el dineral en tinta, viajes a Valladolid y tasas judiciales que tuvo que adelantar el Concejo de Lastras para sostener un pulso de esa envergadura durante seis años.

3. La Sentencia Definitiva: Las ovejas vuelven libres y Hontalbilla paga la fiesta

Tras seis largos años de resistencia, viajes y tensiones en el pinar, en 1648 llegó por fin la ansiada Real Carta Ejecutoria, el documento definitivo expedido en nombre del rey Felipe IV que ponía fin al conflicto de manera tajante. Y agárrense, porque el veredicto de los oidores (los magistrados del rey) fue un repaso monumental a favor de los intereses de Lastras.

Los jueces de la Chancillería (firmando solemnemente en el proceso como el Doctor Don M. de Bonilla, el Doctor Don Bernardo de Arellano y Don Juan Salgado de Somoza) dictaron el hachazo legal definitivo que restablecía la paz y el libre pastoreo en la frontera norte de nuestro pueblo:

«…Fallamos atento a los autos y méritos de este proceso… que debemos de amparar y amparamos al Concejo, vecinos y moradores del lugar de la Lastra en la posesión en que han estado de pastear con sus ganados mayores y menores, bueyes, vacas y ovejas, de todo tiempo y año sin limitación alguna, en el término y lugar que llaman de Fontalbilla…»

¡Victoria total para Lastras! Pero la sentencia no se quedaba en una palmadita en la espalda y un «vuelvan al campo». Para escarnio del Concejo de Hontalbilla, el tribunal les ordenó rascarse la caja comunal de forma inmediata a través de tres medidas ejemplares y muy dolorosas para la época:

  • Devolución sin «tasas de garaje»: Se obligó a Hontalbilla a restituir «todas y cualesquiera prendas que por razón de lo susodicho les hubieren tomado y quitado». Y ojo al detalle técnico que añade el tribunal: tenían que entregarlas libres de todo gasto. Nada de cobrarles a los ganaderos de Lastras el «alquiler de los corrales» o el pienso que hubieran consumido los animales durante los años que estuvieron confiscados ilegalmente.
  • Una multa para no jugar con fuego: Para asegurarse de que a los alcaldes, regidores y guardas de Hontalbilla no se les volviera a ocurrir hacer de vaqueros del salvaje oeste en la linde, el tribunal les metió una amenaza astronómica: una multa de 50.000 maravedís directos para la Real Cámara por cada vez que intentaran perturbar, estorbar o molestar a un vecino de Lastras en los pastos o abrevaderos.
  • Y encima, las costas del juicio: Por si fuera poco el disgusto de perder el pleito y el derecho exclusivo sobre el ejido, a Hontalbilla le tocó pagar hasta el último céntimo de la minuta de los procuradores y los derechos de los escribanos vallisoletanos. La broma de las costas procesales ascendió exactamente a 16.014 maravedís, una auténtica fortuna que dejó las arcas del pueblo vecino temblando durante una buena temporada.

4. El orgullo de ser de Lastras (desde el siglo XVII)

Este fantástico fajo de papeles del año 1648, cosido con cuerda, agujereado por el tiempo y sellado con las marcas oficiales de la Corona, nos demuestra que el carácter de Lastras viene de muy atrás. Cuando nuestros antepasados vieron que les tocaban lo suyo —sus animales, sus pastos comunales, sus recursos y su dignidad—, no agacharon la cabeza ni esperaron sentados en la plaza a que las cosas se solucionaran solas.

Se organizaron como un solo cuerpo, nombraron a sus representantes, aportaron los fondos necesarios para mantener un costoso pleito en Valladolid durante más de un lustro y no pararon hasta regresar al pueblo con la firma de los jueces del Rey estampada en el papel.

Así que la próxima vez que subas hacia el norte y cruces los límites históricos que nos separan de Hontalbilla, mira los pinares, los caminos y los antiguos ejidos con otra perspectiva. Estás pisando un terreno donde hace casi cuatro siglos nuestros pastores ganaron la linde a base de orgullo, unión vecinal y constancia. ¡Una historia redonda e incontestable para recordar y presumir con orgullo en nuestro blog!

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