El frontón

La bombilla iluminaba el cuarto con una ruindad de usurero, proyectando sobre las tres personas un resplandor amortiguado por la densidad oscura del polvo, cuajada, asimismo, de densos y opacos manchones: acaso cagadas de moscas acumuladas durante noches y noches de verano, mientras el de la puerta de guardia combatiera su desvelo con la lectura de sucias y manoseadas novelas de pistoleros.

-Son las tres y media de la mañana -apuntó con rabia el primero.

-Ya lo sé -respondió con malestar fastidioso Flequillos.

-¿Y te parecen éstas horas de gritar?

-Yo no gritaba.

-Ah, tú no gritabas. Número, dígale qué voz sobresalía de entre todas las demás.

-La de Flequillos, mi primero; se distinguía bien desde Fuenteteja, a más de un kilómetro.

-¿Así que tú no gritabas?

-Ya le he dicho que no. Los que gritaban eran los que estaban viendo. Esos sí que gritaban. Y gritaban mucho; no lo pueden remediar. Pero yo estaba jugando.

-¿A las tres de la madrugada?

-Sí, a las tres de la madrugada.

-¿Te parecen que son éstas horas de jugar?

-Yo sólo juego cuando me muerde el orgullo.

-Y lo tenías mordido, ¿no es así?

-Sí, lo tenía mordido.

-Esta tarde has perdido un cordero ¿verdad?

-Sí.

-El Caló y su hermano para Dieguín y para ti.

Flequillos, con la mirada ausente y en los ojos un asomo de ira contenida, no contestaba.

-Os han ganado un cordero.

-Ya le he dicho que sí. He tenido mala suerte, pero ahora íbamos ganando.

-Ahora, en plena noche…

-Había luz suficiente.

– ¿Siete tractores y cuatro coches dan luz suficiente?

– De sobra. Además era igual para todos.

-¿Por qué no has esperado para mañana?

-Porque no quería; sabía que les ganábamos.

Flequillos recordaba sus años primeros, cuando al salir de la escuela corría hasta el frontón, con el cabás en la mano, antes de que otros pudieran quitarle el sitio.

Allí, poco a poco, fue depurando su estilo, encalleciendo sus manos, familiarizándose con el estribo, aprendiendo las argucias del juego que más tarde sería su pasión, empleando en ello pequeñas pelotas fabricadas por él mismo con carretes que distraía del cesto de costura de su madre que, después de abobinar sobre una bola de goma maciza, cubría con una espesa capa de esparadrapo.

-No sabes perder, Flequillos, eso es lo que te pasa, que no sabes perder; te falta deportividad.

-Me sobran agallas para ganarle a usted con la izquierda.

-A mí, no, Flequillos, a mí, no; al Caló es a quien tienes que ganar.

-Le estaba ganando cuando llegaron ustedes a suspendernos el juego.

-A las tres de la madrugada, como si esas fueran horas de jugar.

-Todo el pueblo estaba allí con los tractores y los coches dando luz; usted pudo ver que no molestábamos a nadie.

-A casi nadie, porque las voces por la noche son una muestra inequívoca de escándalo.

-¿Y a quién podíamos escandalizar?

-A la gente.

-Usted ha visto que todo el mundo estaba en el frontón.

El número, joven, de duras facciones, asentía pasivo, como distante, gozándose en la sombra del tono acre del interrogatorio de su superior. En sus comisuras se esbozaba un atisbo de sonrisa reprimida.

-Pero ¿y por qué tan tarde?

-Lo decidimos en la bodega, merendando el cordero; habíamos dicho que a esta hora para que tuviéramos hecha la digestión.

-¿Erais muchos merendando?

-Si, bastantes. Los amigos del Caló y los míos; catorce o quince en total.

-Numero ¿a usted le han invitado?

-No, mi primero.

-¿No has invitado a nadie del cuartel?

-Yo no tenía que invitar. He perdido. A mí me toca pagar.

-Otras veces, cuando has ganado, tampoco has invitado.

-A mí me gusta invitar a los amigos.

-¡Los que han ido con los tractores y los coches?

-Los tractores y los coches los habría puesto cualquiera con tal de vernos jugar esta noche. No se han Puesto más porque no cabían y porque eran suficientes.

El primero, con el semblante adobado por una torva actitud, se movía con pasos cortos por delante de mesa frente a la que se sentaba Flequillos, presionando los dedos de su mano derecha con la izquierda, inflamada todavía por los recientes golpes que tanto ruido producían al restallar, furiosos y secos, contra la pared.

-Mira Flequillos, que me estás cargando. Siempre tienes que estar en el centro de todos los alborotos.

-Yo me dedico a jugar solamente.

-Claro, tú te dedicas a jugar, pero no te conformas con hacerlo por la tarde, como Dios manda; no te conformas con levantar una algazara escandalosa con las apuestas y las pasiones. Ahora, para colmo tienes que jugar a las tres de la madrugada, para tener en vilo a todo el pueblo, para que todos estén pendientes de ti.

-Somos cuatro los que jugamos.

-Pero solamente tú levantas las pasiones de esos fanáticos.

-De eso no tengo la culpa.

-A ver si va a resultar ahora que tú no tienes la culpa de nada, porque ya sólo nos faltaba eso.

Flequillos respondía con apática desgana al primero que se paseaba frente a la mesa, mientras a él se le agolpaban las imágenes deslabazadas del partido de la tarde, bajo un sol hiriente y luminoso; aquellos tanteos largos, sostenidos, salpicados, a veces de malicia, a veces de fuerza y de tesón, que tanta admiración producían en el público que, formando un denso cordón, ponía cerco a los límites del frontón. Y recordaba aquellos dos tantos raseros, ya al final de la partida que en un excesivo alarde de exhibicionismo había enviado por debajo de la raya, inclinando así definitivamente la balanza en favor del Caló, a quien tantas otras tardes había ganado sin otro recurso que el de su pericia y el de su fuerza. Poco le importaba, en verdad, el dinero que habían pedido los que en su favor apostaban, cómodos gananciosos de otras tardes que, al terminar la partida, le habían reprochado su exceso de confianza. Le importaba el haber perdido, el haberse dejado ganar por hacer concesiones al público, a un público que quizá, algún día podría retirarle su favor.

-El Caló es más joven que tú.

-Sí, más joven, pero con menos experiencia.

-Te ha ganado esta tarde.

-Yo le he ganado a él otras muchas.

-Sí, pero esta tarde te ha ganado él a ti.

-Y ahora yo le iba ganando de nuevo.

Flequillos, en medio del insidioso interrogatorio, soportaba una avalancha de imágenes; recordaba tardes en otros pueblos cercanos, disputándose los premios entre los mejores jugadores de la comarca, aquellos primeros premios ganados en pareja con Dieguín hacía ya unos años, poseído por aquella furia impetuosa tan propia a su manera arrebatada de jugar, que había deslumbrado a los mayores y creado escuela entre los incipientes jugadores que empezaban ya, poco a poco a desplazarle, a comerle terreno. Por la cabeza le atravesaban imágenes fugaces de tardes de domingos anegadas en aplausos, cuando el público irrumpía clamoroso ante aquellos mates secos, dados a sobaquillo, que picaban en el suelo con tal malignidad que dejaban inermes a los rivales.

– Desde Fuenteteja se oía el griterío.

-Y a mí ¿qué me dice usted?

-Mira, Flequillos, no te hagas el gallito porque enguida te corto la cresta. -Y dirigiéndose al número le dijo:

Coja papel y lápiz que le vamos a abrir una ficha, para que se entere. 

El número abrió un cajón de madera y arrimó una silla a la mesa quedando situado frente a Flequillos, que reconcentrado en sí mismo daba la sensación de es ausente.

-¿Cómo te llamas?

-Manuel de Frutos Yagües.

-Ponga alias «El Flequillos” -apuntó el primero

Antes de concluir la ficha un rumor acrecido de voces fue penetrando hasta el cuarto, inundando la estancia de adustos sonidos. 

Eran los admiradores arremolinados que protestaban por su detención. A Flequillos se avivaron los ojos al oír aquel griterío que requería su libertad. Acaso no le habría importado pasar la noche en el cuartel después de que el partido fuera suspendido pero la fuerza compacta de aquellas voces le convertía de nuevo en el centro de la gloria, esa gloria huidiza pasajera de los domingos por la tarde.

– Que lo suelten a él o nos metan a todos!

-¿Cuál fue su delito?

– ¡Cuadrilla canallas! ¡Abusones!

– ¿Qué justicia es ésta?

– ¡Maulas!

El primero, ante el rumor creciente de los gritos e increpaciones salió a la puerta y se topó con una turba de acalorados que hablaban al mismo tiempo.

-Se están realizando las diligencias oportunas; cuando se terminen saldrá a la calle.

-Pero ¿qué es lo que ha hecho? si puede saberse.

-preguntó uno.

-Jugar a deshoras –contestó el primero.

De nuevo arreció la avalancha de voces.

-¿Y eso está prohibido?

-¿Desde cuándo se nos imponen las horas para jugar?

¡Justicia!

– Bueno, no tengo ganas de dar explicaciones. Cuando le tomen los datos saldrá. Y no quiero más escándalos.

El primero cerró la puerta y penetró en el interior del cuarto, dejando a la turba en la calle más calmada, aunque inquieta todavía por la suerte de Flequillos.

-Mi primero  ¿pongo el motivo? -inquirió el número.

-Sí, póngalo, ponga que por escándalo nocturno y por incitar a él. Y por contravenir las leyes. Ponga eso de contravenir las leyes. Queda apropiadamente.

El jugador observaba la letra menuda del número que iba ocupando el papel, llenándolo de datos, mientras un cosquilleo le iba subiendo  levemente por las carnes, al oír el suave, pero permanente murmullo de fuera; el murmullo de la gente que ante la expectación del partido se había negado a dormir aquella noche porque quería presenciar el juego, animar con pasión y estrépito los mejores tantos, los más emocionantes; esa gente  compuesta por la mayoría del pueblo que fue llegando en la madrugada, arropada con gruesas mantas de merino, acomodándose detrás de los coches y encima de los tractores que iluminaban con los faros encendidos, dispuestos en diferentes posiciones, la totalidad del frontón.

-¿Pongo alguna cosa más mi primero?

-No, ya está bien. Y a ti -se dirigía al jugador- a ver si se te bajan los humos.

-No los tengo subidos.

Eso hacía falta, que no fueras tan engreído.

Flequillos escuchaba imperturbable y sereno al primero, poseído de una cierta arrogancia que le infúndala superioridad ante él.

-Anda, puedes marcharte ¡pelele, que eres un pelele! hasta el Caló te gana.

El jugador no se levantaba de la silla, mirando el actitud de verso sostenido al primero.

Que te marches, hombre! vete ya de una vez mameluco! ¿O es que no puedes levantarte siquiera?

Se incorporó con lentitud y se dirigió sin prisas, reposadamente hacia la puerta. El primero entonces le dio un leve empujón en la espalda y bajando la voz, con tono irritado y malévolo, le dijo:

– ¡Hala, fuera! ¡Mamarracho! ¡Que eres un mamarracho! ;No quiero sinverguenzas en el cuartel!

Y al traspasar el umbral de la puerta se le desdibujó aquella mueca de resquemor y amargura y se dejó estrechar complacido por la turba de admiradores que codiciaban su saludo y su abrazo. Por un momento miró el cielo y contempló la noche clara iluminada de estrellas.

En el cuarto, entonces, creció un sabor a derrota, a inquietante desaliento. El primero se dirigió en tono exasperado al número que repasaba ensimismado los datos de la ficha recién compuesta.

-¿Qué es lo que hace ahí, parado como un idiota?

¿Es que no oye la escandalera de fuera? ¡Salga, salga inmediatamente y disperse a esos fanáticos!

  • ¡A sus órdenes, mi primero!

Este relato es parte del libro «Un trabajo de campo» de Ignacio Sanz

un trabajo de campo ignacio sanz

Un trabajo de Campo

Autor: Ignacio Sanz

Madrid. Libertarias/Prodhufi. 1990.

Primera edición noviembre 1990

123 páginas

ISBN 84-87095-71-2

Depósito legal: M-37-120-1990

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