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Los Resineros de Lastras

Autor: Pedro M Caballero

Ganan, otra vez, al sol.

Le saludan ya en camino

largas sombras de azul

y una manta en revolera

que se esconde en el canasto

enemiga del calor.

Es pleno verano. Cuanto más calor hace, más fatigoso será el trabajo, pero más sudan los pinos, más miera producen y ahí está la ganancia. Aún no ha amanecido y a esas horas hace frío en la vieja y ruda meseta segoviana. Los resineros, entre penumbras y bostezos ajustan las albardas sobre los burros y anudan con cordeles dos cestos altos de mimbre marrón y forma campanada, uno a cada lomo del animal, bien equilibrados.

En ellos cargan las azuelas (de mango muy largo, una de ellas) las piedras de afilar, un hacha, las fiambreras, la sandía, una botija llena y en todos los casos una botella o pequeña garrafa de tinto. La vasija con el vino ha pasado toda la noche dentro de un cubo de agua, refrescándose, y ahora la envuelven, con mimo, en un paño húmedo, para llevarla. Sobra sitio en los canastos. A la vuelta podrán traer una carga de piñas, que son tan útiles para encender o avivar la lumbre.
Imposible olvidar la manta. Una de esas mantas a cuadros oscuros que parecen no haber sido nunca nuevas. Una manta compañera que emplean de abrigo en el viaje de ida, de mantel al medio día y de colchón para la rica siesta a pierna suelta y a pleno suelo.
Cuando canta el primer gallo  ya han dejado atrás el pueblo. Suelen ser varios kilómetros de recorrido. Sentados sobre los burros entre medias de los dos cestos, todavía hay ocasión, mientras va amaneciendo, de añadir unas cabezaditas robadas al sueño anterior. El animal conoce el camino, una vez iniciado, no hay cuidado. El equilibrio lo guardan a medias entre el jinete y la caballería.
A veces en el lugar de destino hay un cabañón elemental, siempre construido con ramas  de pino entrelazadas. Allí dejan los enseres, maniatan a los burros en torno a una estaca para que se muevan sin alejarse, y allí coincidirán a la hora de comer y de volver al pueblo. Según qué sitios puede haber un manantial, casi siempre medio cegado por el escaso uso,  cubierto de yerbajos y algún gusarapillo danzando por allí. Pero cuando aprieta la sed y el calor, se monda o limpia el manantial con paciencia y con un trozo de pote roto que siempre hay cerca. Se agradece el frescor del agua, más fría que la botija, ya recalentada o medio vacía.

Grises abarcas
hollan mil veces la tierra
que cobija perezosos zaragüelles
y hojas verdes de antaño
cansadas ya de su color.
Metálicas azuelas
rasgan tiernas carnes de madera
que lloran, húmedas,
su caída de tea.

Es muy trabajoso caminar por el pinar. Cuesta avanzar por un suelo tan arenoso, tan excesivamente mullido, salpicado, además, de piñas, agujas secas, ramitas y palos que se clavan, roñas…(que así llaman a los trozos de corteza desprendidos de los pinos). Sin embargo los resineros calzan albarcas. Unas albarcas grises, simples, caseras tal vez. Ellos se convencen de que son prácticas, porque evitan que los pies se llenen de arena, zaragüelles y sudores.

Se desplazan de pino a pino con una soltura y celeridad increíbles. Parecen esos ratoncitos de cartón que se vendían en la ciudad: Se tiraba de una cuerdecita, se les dejaba en el suelo y emprendían un corto y veloz viaje por la acera hasta que la cuerda desaparecía enrollada en un mecanismo sujeto con gomas retorcidas que escondían debajo.
Así, de un árbol a otro, remondando  cada uno, con la azuela en la mano, con sudor, con esfuerzo, con insectos zumbando,. A veces encorvándose, a veces de puntillas alargando los brazos, según por dónde vaya abierta la cara de cada pino.  El filo metálico de la azuela rasga la madera, caen al suelo las virutas y la resina resbalará, gota a gota, lenta y pegajosa hasta el pote de barro, especie de tiesto sin agujero en el fondo, encajado entre dos puntas clavadas al pino.
Durante la campaña –corta, pero muy intensa-  no hay lunes ni domingos ni festivos. Cientos de pinos cada día, de sol a sol, sin dejarse ninguno, sin volver al mismo árbol, sin vacilar. Y no es fácil: Los pinos han crecido espontáneamente sin ningún orden. La mayoría no son propiedad del resinero, sino alquilados al dueño cada temporada. Y, en ocasiones, a causa de los minifundios, los pinos contratados están entremezclados con otros. Un auténtico batiburrillo sin forma, confuso como rebaño de ovejas, todas aparentemente iguales. Por eso el resinero prefiere trabajar las pimpolladas, pinos de un solo dueño y todos más juntos y uniformes.
-Me parece que me he dejado un pino sin remondar -dice, de pronto, uno en la charla del regreso o en la cena.
Y efectivamente, cuando al cabo de unos días toca volver al mismo lugar, comprueba que era cierto.
-¿Lo veis? Ya me parecía a mí.
Cuando llueve en el pinar, malo. Pero es mucho peor si hay nublado. ¡Qué pánico cuando hay tormenta en el pinar! .¿Dónde meterse para salvarse de las pedradas del granizo? A veces, debajo del mismo burro. ¿Dónde cobijarse para salvarse de la lotería macabra del rayo..? ¡Qué largas parecen las tormentas en el pinar sin ningún techo y tantas puntas..!
Y, además, la lluvia añade tarea, porque luego hay que sacar el agua de cada pote. Menos mal que el agua no se mezcla con la resina
(¡Qué absurdo sería invitar a un resinero a pasar un día de campo en una jornada festiva..!)

Almíbar de miera,
pote de esencia
y sudor de poros
perfuman el pinar,
hasta llenar de oro
un tarro de barro.

-Mañana hay que ir a los Caces, a “coger”. (A los Caces, a la Verguilla, a la Venta, al Picozo…Cada tranzón tiene su nombre propio)
Cuando los potes se llenan hay que coger la miera. Ese día es conveniente que vayan las mujeres que puedan, para echar una mano. No se requiere fuerza, sino habilidad y tesón. De los potes a una lata y desde las latas a una cuba. Deprisa, pero con cuidado, que no se derrame nada. Todo pringa y mancha, todo está pegajoso. ¡Y qué mal se quita!
Las cubas, llenas y  bien cerradas, quedan desperdigadas por el pinar. Otro día irán con un carro a recogerlas, tras rodarlas y arrimarlas al cargadero, un simple talud de troncos y arena apretada.

Los resineros de Lastras venden su miera a la fábrica de Cuchifre, que está en el mismo pueblo y tiene una de esas chimeneas altas y exentas, de ladrillo, con pararrayos y todo, como debe ser. Cuando se inauguró, a finales de los años cuarenta, hubo hisopo y roquete, como es natural, pero también tortilla de patata gratis para todo el que quiso, cosa no tan natural. Un gran acontecimiento.
-Es más alta que la torre de la iglesia.
-Dicen que se mueve por arriba.
-¿Entonces, se puede caer?
-Al revés. Eso es que está bien hecha.
-¿Sí..? ¡Ah..!

En la fábrica de Jesús Cuchifre pesan las cubas cargadas de miera y pagan a tanto el kilo, según los precios de la temporada. No solo se descuenta la tara, sino algo más, depende de la cantidad de broza que lleve el contenido. Es que hay resineros más “finos” que otros, trabajando, como en todos los oficios. (Los de Lastras afirman que los más finos de la comarca son los de Zarzuela. Lo reconocen a pesar de ser un pueblo vecino, que ya es reconocer).
Todas las cuentas se anotan con tintero, plumilla, palillero y mucho esmero en un cuaderno de rayas. Cuando llega el momento, Cuchifre paga al resinero por su miera y éste al dueño de los pinos, su parte.

Y cansado ya
el resinero vuelve.
Se despide del pinar
y bordea, hasta mañana,
abrojos rojos:
cornadas rabiosas al aire
herido vanamente,
en ocaso que rebosa atardecer.

A medida que acaba el verano con sus calores, los pinos dejan de sudar y los resineros se ven forzados a frenar su actividad febril. Las azuelas de remondar se van cambiando por las hachas, las sierras y los serruchos. Comienza el tiempo de olivar o podar, talar lo viejo, tronzar los troncos y ramas, acumular leña, recoger los potes, guardar y reparar las cubas… Pero ya sin prisas, sin madrugones, sin agobios. Se va acercando el invierno.
Cuando llegaron el éxodo rural y el desarrollismo de los años sesenta, los burros empezaron a ser sustituidos por bicicletas y Guzzis, primero y por Cuatroeles y Doscaballos, después. Las abarcas dejaban paso a las zapatillas deportivas. Ya no era preciso madrugar tanto. Las condiciones se suavizaban y mejoraban…
Pero resultó ser  el canto del cisne. Para entonces los derivados del petróleo  -mucho más baratos- ya habían clavado la estocada a la resina. Los Cuchifres respectivos pagaban menos cada año y casi todos empezaron a buscar “algo” en Madrid, sobre todo, en Bilbao, y un poco menos en Barcelona o Valencia…

Aún queda algún resinero superviviente en Lastras.
Este verano de 2002 vi echar humo a la vieja chimenea de Cuchifre, después de más de medio siglo. (Es verdad que estaba bien construida) Era martes. Los últimos años ya solo humea los martes y no sé si todas las semanas. ¿Hasta cuándo?

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