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Felix Martín Galicia

Felix Martín Galicia

La romería de la Virgen de Salcedón en el siglo XVIII

Los próximos días se celebrará la romería de la Virgen de Salcedón. Esta romería tiene una fuerte tradición en Lastras de Cuellar y constituye una de sus manifestaciones religiosa y cultural más representativa de su identidad como pueblo. La Virgen de Salcedón es subida desde su ermita a la iglesia del pueblo para durante nueve días rezar la novena en la iglesia. El lunes de Pentecostés la imagen vuelve en procesión acompañada por los lastreños al son de jotas y paloteos. Los mozos y mozas del pueblo, vestidos con trajes regionales danzan junto a la Virgen durante el recorrido.

Pero ¿cuál fue su origen? ¿Por qué se hace? ¿La romería siempre fue igual?

La Virgen de Salcedón (o Sacedón, nombre que ha recibido hasta épocas recientes) era objeto de especial devoción por los habitantes del pueblo, a juzgar por las mandas que se hacían a ella en los libros de difuntos ya a principios del siglo XVII. Sin embargo, no tenemos ninguna referencia, aparte de las misas, que acredite la existencia de celebraciones religiosas en torno a esta Imagen hasta el primer tercio del siglo XVIII, debido seguramente a la escasa documentación que se ha conservado. 

Los primeros antecedentes escritos de lo que conocemos hoy en día como romería los encontraríamos en 1737. En aquella época tenemos noticia de la costumbre de hacer rogativas a la Virgen en años de sequía. De la misma época hay documentación que acredita la existencia de novenas que se realizarían con el mismo motivo. En la documentación analizada, estas rogativas y novenas reciben el mismo tratamiento, aunque el ritual seguramente sería diferente. Los escritos indican que para la realización de la novena se traía la Virgen a la iglesia del pueblo mientras que la rogativa no exigía este traslado, pudiendo consistir sólo en procesiones u otros ritos. Estas costumbres que parecen venir de más antiguo no tendrían un carácter periódico, sino que se harían en función de la necesidad de lluvias. 

En el trascurso de estas rogativas y novenas, los fieles ofrecían limosnas a la Virgen para que pusiera fin a la sequía y llegaran las lluvias, quedando registradas en los asientos contables. Estas limosnas servían para el mantenimiento de la ermita. En esta época, las limosnas eran una de las pocas fuentes de ingresos de la ermita junto con alguna pequeña propiedad. Éstas se pagaban en especie, ofreciendo alguna cantidad de trigo a entregar al final de la cosecha. Si las lluvias no llegaban y la cosecha era mala, no podían pagar. Entonces lo dejaban a deber para otros años, generando una deuda con la ermita. Si el devoto no era labrador podía aportar otro bien como limosna. Los años en los que las lluvias se estimaban suficientes para la cosecha, no se hacían novenas, con el consiguiente descenso en las limosnas. De esto se quejan los que formulan las cuentas en 1762 cuando dicen que “en el año de estas cuentas no ha habido limosna alguna por no haberse puesto en novenas la Imagen que es cuando se dan”. El año anterior ya había pasado lo mismo “por no haberse subido a la Imagen en novenas a esta Iglesia”.

A partir de los años treinta del siglo XVIII son frecuentes las menciones a novenas y rogativas. Así, por ejemplo, en 1754, tenemos noticias de una novena dedicada a la Virgen de Salcedón, la limosna viene dada en forma de baldosas que dan unos devotos para embaldosar la ermita “cuando se llevó Ntra. Sra. de rogativa y cuando estuvo de novenas”. Ese mismo año se paga al sacristán por su participación en las novenas. En los años posteriores se detectan ingresos de devotos que entregan ciertas cantidades, generalmente de trigo, por promesas hechas en las rogativas. 

Estas rogativas y novenas serían el precedente inmediato de la romería. Aunque se hacían con cierta regularidad, no tendrían un carácter anual y dependían de la necesidad de agua de los campos. En los 80 años del periodo 1737-1817 solo se tiene constancia de 15 rogativas y novenas. De la documentación examinada se desprende que tampoco tenían un día fijo de realización, aunque estarían relacionadas con la primavera, momento crítico, donde la ausencia de lluvia puede dar al traste con lo sembrado.

En 1797 tenemos una descripción más detallada de las novenas y podemos imaginarnos como eran. Ese año se anota un contrato entre el pueblo y el cura que establece las obligaciones de unos y otro para traer a la Virgen en novenas a la iglesia de Lastras. Este documento muestra un intento de normalización de este tipo manifestaciones, poniendo reglas de actuación y compromisos tanto al pueblo como al cura recién llegado.  En su lectura se puede ver que ya constituye el embrión de lo que hoy conocemos como la romería, aunque los hechos que en él se describen todavía serían distintos a los actuales. La razón que se esgrime para esta novena es, de nuevo, “la falta de agua de los campos” y se solicita, de esta manera la intercesión de la Virgen para que la sequía no acabe con la cosecha.

El contrato deja claro dos tipos de obligaciones para el pueblo. Este debe asumir los costes de la novena para que no recaigan en las cuentas de la ermita ni en las de la Iglesia, y segundo, el cura exige la participación masiva del pueblo. A cambio, el cura se compromete a realizar los oficios con el máximo de solemnidad que una iglesia como la de Lastras podía permitirse. Así, en junio de 1797, se reúnen D. Tomás Llorente, cura de Lastras; Antonio Garrido, alcalde; y Tomás Rodríguez y Manuel de Frutos, regidores; acordando los términos para traer a Nuestra Sra. de Salcedón en procesión al pueblo y tenerla en novenas en la iglesia para rogar por su intercesión y acabar con la sequía.

En el acuerdo, firmado por el cura y los representantes del pueblo, se establecen los siguientes términos. Primero, la imagen debía ser alumbrada todo el día con dos velas, debiendo ser costeada la cera que se gastara por los vecinos. Este gasto hoy nos parece una nimiedad, pero en aquella época no lo era. Además, todos los días se nombraría a dos mujeres distintas para su custodia.

Segundo, durante los nueve días se diría misa cantada, esto es, la más ceremoniosa en la época preconciliar. Al acabar la misa se debía cantar la Salve en latín.

Tercero, todos los días del novenario, se debía rezar el Rosario al ponerse el sol para que todos los vecinos pudieran asistir una vez acabadas sus labores. Concluido éste, se había de cantar la Letanía de Nuestra Sra. con el versículo “ut congruentem pluviam” después de los “agnus”. Al final se debía cantar la salve en castellano respondiendo el pueblo. Antes del responso general se rezaba también la salve por la mañana.

Cuarto, se acuerda la vestimenta para el cura, debiendo asistir con sobrepelliz y capa pluvial morada. El sacristán también llevará sobrepelliz a la misa y al rosario.

Y además, todos los días de la novena, el Ayuntamiento debía acudir a misa y rosario y poner pena a los vecinos que no asistieran. También se acuerda los emolumentos que recibirá el cura, que cobraría catorce reales diarios y cuatro el sacristán. 

Para finalizar, el escrito establece que “concluida la novena se ha de llevar a Ntra. Sra. en procesión a su ermita”. El contrato se firma el 12 de junio de 1797. Una semana después del lunes de Pentecostés. Como vemos, el contenido esencial de los actos no ha variado.

Este documento no se puede interpretar, a mi juicio, como el contrato fundacional para realizar la primera romería, ya que tendría sus precedentes en las novenas realizadas durante el siglo XVIII para evitar las sequías y que seguramente sería una costumbre de épocas anteriores. La romería se puede enmarcar en la fuerte tradición de romerías marianas del Lunes de Pentecostés, que claramente excede del ámbito local para celebrarse en numerosos pueblos de la provincia. Este contrato sólo vendría a asegurar, normalizar y estabilizar una práctica que se venía haciendo de una manera intermitente, pactando las condiciones con el cura. Tampoco hay evidencias de que a partir de esta fecha la celebración se realizara de una manera anual y continua, al contrario, se sigue observando la misma discontinuidad en la celebración. Sólo es el contrato que se firma entre el pueblo y el nuevo cura, que había llegado meses antes, y que serviría para establecer las obligaciones mutuas en los años siguientes cuando se realizara la novena.

Este contrato estaría vigente durante mucho tiempo, ya que en 1817 se hace referencia a sus términos para pagar al cura y al sacristán con los fondos de la ermita por los servicios del novenario de ese año ya que “el Concejo por no tener fondos, no le pudo abonar los catorce reales que se expresan” en el escrito.

El documento no menciona ninguna otra manifestación sobre la procesión de regreso a la ermita, no hay rastro del ambiente festivo que hoy acompaña a la romería, centrándose en la perspectiva religiosa. Tampoco hay menciones a danzantes que acompañen a la Virgen. Las danzas podrían darse como una manifestación espontánea y no preparada desde las instituciones, máxime si se producían lluvias durante la novena, pero no tenemos pruebas de ello y parece que la procesión de vuelta a la ermita, por su componente rogativo, se centraba más en su aspecto religioso y suplicante que en el festivo.

Esto no quiere decir que no hubiera danzantes en Lastras en esta época, ya que se pueden acreditar hacia 1765 en otra celebración religiosa completamente distinta, la procesión del Corpus Christi. En este caso, la preparación de esta procesión corría a cargo de la Cofradía del Santísimo Sacramento que trataba de hacer un ejercicio de exaltación en su día grande. Esta cofradía ofrecía refrescos y propinas a los danzantes, lo que hace pensar en una cierta gratificación a los participantes, dentro de en un ambiente festivo del que carecía las novenas de la Virgen. Asimismo, por el libro de cuentas de esta cofradía sabemos que asumía el gasto de la indumentaria y se encargaba de alquilar las libreas con las que iban ataviados los danzantes. No sabemos exactamente la forma de estas libreas, pero por alguna imagen que nos ha llegado, parare que eran bien diferentes del actual traje típico. Las libreas debían tener un alto coste que excedía el presupuesto familiar así que era la Cofradía quien organizaba y pagaba el alquiler de la indumentaria para que los danzantes tuvieran uniformidad y se realzase la procesión. El alquiler de libreas y la presencia de danzantes en la procesión del Corpus se pueden acreditar hasta los años veinte del siglo XIX. Sin embargo, no hay rastro de estas manifestaciones en la romería de la Virgen en esos años.

Por la documentación existente, la Cofradía del Santísimo entraría en decadencia en los años treinta del siglo XIX, mientras que la procesión de regreso a la ermita de la Virgen se iría transformando en la romería. Por el momento, no se sabe exactamente si la desaparición de la procesión del Corpus y el creciente auge de la romería provocaría un transvase de ciertas manifestaciones como las danzas de una a otra como ha ocurrido en otras ocasiones. Y tampoco conocemos, si las danzas con un marcado componente ritual que se hacían para atender a la procesión del Corpus tienen algo en común con los paloteos actuales.

A falta de más documentación, todo parece indicar que la actual forma de la romería cristalizaría en la segunda mitad del siglo XIX, fijándose el lunes de Pentecostés como fecha de celebración anual y quizás adsorbiendo expresiones de otras tradiciones desaparecidas. Sin embargo, tiene unos precedentes que documentalmente se pueden acreditar en el primer tercio del siglo XVIII pero que, a buen seguro, serían mucho más antiguos. Sus antecedentes más inmediatos serían las novenas que hacían los vecinos de Lastras para acabar con las sequias.

Fuentes: Libro de Cuentas de Ntra. Sra. de Salcedón 1734-1828 y Libro de Cuentas de la Cofradía del Santísimo Sacramento 1765-1847

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